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19 Feb 2024

IA, IAA, IAAA

Por una educación que nos permita volver a ser humanos

Cada vez que leo las siglas IA cerca de un humano promedio, no puedo evitar que resuene en mi mente la onomatopeya del burro rebuznando; y no sólo es una asociación automática de carácter fonético, sino que la idea que subyace a ese sonido cada vez se apuntala y fija más con la razón y la evidencia científica: el Sistema Educativo empeñado en atarse al molino y dar vueltas en círculo cual Pinocho convertido en burro a causa de sus malas decisiones. Una de las primeras y peores decisiones de la Historia Escolar fueron las sillas; pero no les parecía suficiente…

Hace casi 40 años, mi profesor de filosofía vaticinaba un futuro ser humano en permanente sedestación delante de una pantalla, con inutilidad motora, cabeza muy grande, dedos delgados, sentidos atrofiados, maxilares subdesarrollados a golpe de alimentos ultraprocesados de astronauta, y manos torpes, débiles e insensibles de tan sólo toquetear teclas; el futuro ya está aquí: acertó en todo, a excepción de la enorme cabeza, porque supuso erradamente que se puede pensar bien y mucho sin la motricidad, y de ahí que augurase el consiguiente crecimiento de cerebro y cráneo; hoy en día, las habilidades ejecutivas del alumnado se muestran en caída libre investigación tras investigación; y todo por empeñarnos en hacer exactamente lo contrario de lo que nuestra filogénesis sugiere (y nuestra ontogénesis espera) que habría que hacer.

Un recientísimo estudio científico publicado hace apenas 8 meses tras superar la revisión por pares, ha encontrado un “nuevo”sistema cerebral en la corteza motora primaria: una red somatocognitiva (cuerpo-mente), cuyo acrónimo en inglés es SCAN, que está conectada con otras zonas del cerebro encargadas de las funciones superiores; o sea, objetivos o planes abstractos vinculados con las funciones corporales motoras; en los últimos 90 años, nadie había podido ir más allá desde el homúnculo de Penfield (en la imagen, traslación a representación corporal del control motor y sensitivo de las diferentes áreas de la corteza cerebral); aunque Penfield no estaba equivocado, este hallazgo demuestra que, lejos de ser una distribución lineal y continua, los actos motores se despliegan de forma concéntrica, de tal forma que el cerebro ha evolucionado, ante todo, para la motricidad, porque lo que consideramos mente, sólo es una pequeña parte y función de ese cerebro motriz; o dicho de otra forma: no existe la mente, sino el cerebro; y la organización y funciones del cerebro están íntimamente entretejidas, en relación de interdependencia, con las funciones motoras; lo que también explicaría por qué tantas funciones y trastornos de la mente tienen manifestaciones corporales…

Del otro lado, el progreso tecnológico asociado a los procesos de información, de análisis y tratamiento de datos, e incluso pseudocreativos, sigue mostrando una curva de función exponencial tan abrumadora que ya hace tiempo dejó de respetar la ontogénesis de la curva de aprendizaje y exhibición de inteligencia mental por parte de los individuos humanos, de tal forma que el salto cualitativo produce vértigo. En otras palabras, todas las evidencias científicas parecen indicar que nuestra presunta inteligencia mental no sólo ha sido fácilmente imitada por la IA, sino ya superada, y no sólo en términos de eficiencia en actividades repetitivas, rutinarias, tediosas o complicadas, sino también en ámbitos de predicción y/o orientación de conductas.

Pero aquí viene lo más interesante: ¿qué es lo que tenemos que sigue muy lejos de ser imitado o superado por la I.A.? Nuestras conductas motrices. Dan entre risa y ternura los primeros pasitos de los últimos y supersofisticados robots ¿Por qué? Porque mientras que nuestras conductas motrices llevan evolucionando desde hace más de 60 millones de años, esa presunta e insignificante organización del cerebro humano para lo “exclusivamente mental (tal y como lo seguimos, erróneamente, tratando hoy en día), apenas tiene 35.000 años de evolución: un juego de niños para la IA.

Para ser más concretos en lo que nos afecta en la educación, y tras una extensísima lista de errores tradicionales y enquistadosaprendizajes estáticos -la mayoría en sedestación- (aprendemos mejor en movimiento: la parte del cerebro que gestiona el movimiento es la misma que la del aprendizaje), individualizadores (aprendemos mejor en redes de aprendizaje), estandarizados (todos aprendemos de forma diferente, por vías diferentes, a diferentes ritmos), uniformadores y homogeneizadores (segregación en la que la diversidad se trata como evento inconveniente, disruptivo, inesperado o no deseado), basados en sistemas lineales (alejados, por tanto, de modelos ecológicos de los sistemas dinámicos) etc., etc.…, ahora hay que sumar unas novísimas tecnologías  que están dificultando nuestra forma natural de aprender, nos impide desarrollar nuestras habilidades cognitivas, y nos lleva a un terreno en el que hoy, después de su entrada en las escuelas y las vidas de las criaturas humanas, y tras un corto tiempo pero suficientemente catastrófico, nos permite disponer de datos demoledores respecto al detrimento o incluso pérdida de nuestras habilidades ejecutivas: están cayendo en picado el aprendizaje y las actividades mentales complejas que desarrollamos y empleamos para organizar, guiar, regular y evaluar el comportamiento necesario para adaptarnos a nuestro entorno y alcanzar metas: ESTUDIO, ESTUDIO, ESTUDIO , ESTUDIO, ESTUDIO . En resumen: por primera vez en nuestra evolución, somos más “tontos” e inútiles que la generación anterior (ESTUDIO), y muchas de nuestras conductas, ideas, creencias, hábitos, etc, están siendo ya controladas y dirigidas por la IA.

Y nos lo hemos hecho nosotros, a nosotros mismos; “gracias” a ciertos avances, nos hemos alejado de nuestra biología, y de nuestra forma de movernos, aprender, desarrollarnos y madurar, relacionarnos, y usar el cerebro; hemos renunciado a nuestra naturaleza, hemos implementado hábitos y estilos de vida contrarios a ella, y hemos decidido potenciar los “aprendizajes instrumentales académicos” y, además, de la forma equivocada; tenemos suficiente evidencia científica, procedente de la investigación educativa, que lo advierte; y esto no ha hecho más que empezar: IA, IAA, IAAA…..

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